Quedé
ahumada.
Desde
la distancia puedo olerlo, aún no he cruzado el umbral, pero es lo primero que
percibo… Algo se está quemando.
Hemos
llegado a la iglesia, está en penumbras como cada año durante esta celebración.
No
me han permitido establecer ninguna posición, de inmediato se mueven todos con
el mismo rumbo, y yo con ellos.
Somos
tantos… Un rebaño de corderos, obedientes, felices. ¿Somos nosotros el
sacrificio? Le comento la inquietud a mi madre, sonríe porque cree que sólo es
un chiste, y asiente.
Ahora
rodeamos una pila enorme de leña, la adorada fogata. Sospecho que la han
encendido con anterioridad, al menos un poco, este olor a deforestación no es
imaginario.
Todos
se han amontonado cerca del lugar… Yo prefiero evitarlo, recuerdo que esa
fogata arde como el infierno. Pero aún desde el lugar en el que me encuentro,
logro ver el espectáculo que han preparado este año.
Arriba,
cerca del punto más alto del templo, han colgado una pelota de telas que parece
estar empapada en combustible. Un hilo colocado diagonalmente entre la punta
del templo y un árbol cercano, conducirá a la futura antorcha hasta la pila de
troncos y ramas.
Y
el momento llega… Con una larga vara encendida le comparten el fuego a la
pelota y ¡sorpresa! una nube de humo se eleva al cielo. Abajo, el fuego arde, y
la gente se emociona.
El
sacerdote dice unas palabras y volvemos, como ovejas desordenadas esta vez, al
templo.
Yo
me quedo afuera, adentro ya no cabe un alma y a mí no me gusta ser mártir.
La
luz se va contagiando, como gripe viral, entre una vela y otra. Me parece un
cielo estrellado extraño, donde cada astro es sujeto con orgullo.
Aquí,
del otro lado, veo a jóvenes, todos hablando, todos con sus celulares… yo soy
una de ellos. El tiempo ha pasado pronto y el momento de encender las luces me
toma por sorpresa.
Acompaño
a mi madre al interior del templo, y puedo ver a las personas que nos rodean.
Aplauden,
bailan, lloran… ¡Jesús resucitó!
Pero
no puedo sentirlo. Esta noche no es como la recordaba. El espectáculo de regocijo
que antes me parecía emocionante ahora me resulta penoso.
¿Cómo
pueden ser conmovidas tantas personas por algo que yo no he visto? Crianza,
resignación… O quizá ellos sí lo sintieron. Qué envidia, real o no, ellos se
sienten protegidos.
A
esto le sigue la bendición del agua, el sacerdote se dedica a arrojar agua
bendita por toda la iglesia. Éste año me ha caído en el rostro, a pesar de lo
oculta que me encuentro. No ha dejado que nadie escape, todos hemos sido
incluidos como lienzo para pintar con agua, y lo agradezco.
Cuando
finaliza la misa invitan a todos a comer cordero y vino. –Pero si Jesús es el
cordero, ¡esto incita al canibalismo!
Bromeo con mi madre. Ella sonríe otra vez, siempre tan paciente…
Es
irónico celebrar la vuelta a la vida sacrificando otras, inocentes y ajenas a
toda religión.
Pero
recuerdo que no sólo la iglesia lo hace. Cada reunión, cada celebración, cada
día de comida gira en torno a esto. Los humanos estamos locos.
Ahora
que nos vamos lejos de la humareda puedo olerme. Ropa, cabello… ¡Todo me huele
a humo!
Llegamos
a casa, otro año libre de esto. Me quejo por lo ahumada que estoy y mi madre me
dice que Dios me recompensará. Espero que lo haga con champú, porque he usado
bastante.
Ahora
nos agradece por acompañarla así, en familia. Está feliz, puedo verlo. Creció
con estas costumbres, que Dios hijo resucite significa mucho para ella. Me
pregunto qué pensaría si supiera que mi dios es mortal. Que con la abnegación
con la que ellos aman a ese dios, yo sólo puedo amarla a ella.
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