viernes, 22 de abril de 2016

Autora: Mariana Briceño. 

Quedé ahumada.

Desde la distancia puedo olerlo, aún no he cruzado el umbral, pero es lo primero que percibo… Algo se está quemando.

Hemos llegado a la iglesia, está en penumbras como cada año durante esta celebración.

No me han permitido establecer ninguna posición, de inmediato se mueven todos con el mismo rumbo, y yo con ellos.

Somos tantos… Un rebaño de corderos, obedientes, felices. ¿Somos nosotros el sacrificio? Le comento la inquietud a mi madre, sonríe porque cree que sólo es un chiste, y asiente.

Ahora rodeamos una pila enorme de leña, la adorada fogata. Sospecho que la han encendido con anterioridad, al menos un poco, este olor a deforestación no es imaginario.

Todos se han amontonado cerca del lugar… Yo prefiero evitarlo, recuerdo que esa fogata arde como el infierno. Pero aún desde el lugar en el que me encuentro, logro ver el espectáculo que han preparado este año.

Arriba, cerca del punto más alto del templo, han colgado una pelota de telas que parece estar empapada en combustible. Un hilo colocado diagonalmente entre la punta del templo y un árbol cercano, conducirá a la futura antorcha hasta la pila de troncos y ramas.
Y el momento llega… Con una larga vara encendida le comparten el fuego a la pelota y ¡sorpresa! una nube de humo se eleva al cielo. Abajo, el fuego arde, y la gente se emociona.

El sacerdote dice unas palabras y volvemos, como ovejas desordenadas esta vez, al templo.
Yo me quedo afuera, adentro ya no cabe un alma y a mí no me gusta ser mártir.
La luz se va contagiando, como gripe viral, entre una vela y otra. Me parece un cielo estrellado extraño, donde cada astro es sujeto con orgullo.

Aquí, del otro lado, veo a jóvenes, todos hablando, todos con sus celulares… yo soy una de ellos. El tiempo ha pasado pronto y el momento de encender las luces me toma por sorpresa.
Acompaño a mi madre al interior del templo, y puedo ver a las personas que nos rodean.
Aplauden, bailan, lloran… ¡Jesús resucitó!

Pero no puedo sentirlo. Esta noche no es como la recordaba. El espectáculo de regocijo que antes me parecía emocionante ahora me resulta penoso.
¿Cómo pueden ser conmovidas tantas personas por algo que yo no he visto? Crianza, resignación… O quizá ellos sí lo sintieron. Qué envidia, real o no, ellos se sienten protegidos.

A esto le sigue la bendición del agua, el sacerdote se dedica a arrojar agua bendita por toda la iglesia. Éste año me ha caído en el rostro, a pesar de lo oculta que me encuentro. No ha dejado que nadie escape, todos hemos sido incluidos como lienzo para pintar con agua, y lo agradezco.

Cuando finaliza la misa invitan a todos a comer cordero y vino. –Pero si Jesús es el cordero, ¡esto incita al canibalismo!  Bromeo con mi madre. Ella sonríe otra vez, siempre tan paciente…
Es irónico celebrar la vuelta a la vida sacrificando otras, inocentes y ajenas a toda religión.
Pero recuerdo que no sólo la iglesia lo hace. Cada reunión, cada celebración, cada día de comida gira en torno a esto. Los humanos estamos locos.

Ahora que nos vamos lejos de la humareda puedo olerme. Ropa, cabello… ¡Todo me huele a humo!
Llegamos a casa, otro año libre de esto. Me quejo por lo ahumada que estoy y mi madre me dice que Dios me recompensará. Espero que lo haga con champú, porque he usado bastante.

Ahora nos agradece por acompañarla así, en familia. Está feliz, puedo verlo. Creció con estas costumbres, que Dios hijo resucite significa mucho para ella. Me pregunto qué pensaría si supiera que mi dios es mortal. Que con la abnegación con la que ellos aman a ese dios, yo sólo puedo amarla a ella.

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