viernes, 22 de abril de 2016

Autora: Mariana Briceño.


Prisión y Libertad.

Prisión, encierro, cárcel; sinónimos. Libertad; antónimo.

Prisión de barrotes, la suya. Cárcel de carne, la mía.

En la invidencia voluntaria y temporal, debo explorar los otros sentidos. Huelo el limón limonero de Gabriela, escucho a los grillos, efímero y ruidoso destello de vida. La boca me sabe a menta, no debí usar tanta crema dental, queda poca y sabrá Dios cuándo consiga más.
Comienzo a palpar, tela suave, madera dura y aquí está, mi cuerpo. Recuerdo ahora esa película que vi de niña; un chico dice que quiere salir de su cuerpo y su terapeuta, todo bondad y comprensión, lo obliga a descarnarse con una navaja. Desde entonces temo admitir en voz alta lo mismo, no quiero a ningún salvador desnudo que me ofrezca una libertad tan literal.

Pero hoy, me reconozco prisionera de este cuerpo.
De los defectos, de la inseguridad que me produce, de todas las privaciones por el miedo a no alcanzar las expectativas.
Ahora, con este frío, siento que me falta carne, grasa… Mañana, con el calor, creeré que me sobra. No hay nunca un punto medio.

Me reconozco prisionera, también, del resentimiento. En un rincón más oscuro de mi mente, la he encontrado.
“No tiene solución”, “no existirá nunca una reconciliación”, “no vale la pena intentarlo”. He observado, ahora que me privo de la vista y de todo el ruido visual, que estas frases disfrazadas de resignación y falsa madurez han agusanado mi corazón, mientras construyen muros de indiferencia que me aíslan de ella, que es necia, prepotente y hasta cruel, pero que es mi familia, y está tan perdida como yo.

Estoy lejos del calor de la libertad entonces, porque no la perdono a ella, y a mí tampoco.
Pero mientras la prisión gélida de fracaso se prepara para darme hospedaje, un sonido que puedo ver brillar intensamente en mi mente aparece.
Un maullido, quieren entrar a dormir en mi regazo. Abro los párpados que pesan ya por la hora, me dirijo a la puerta, fría, y al abrirla los cinco sentidos se tornan cálidos.

Las observo, sus ojos brillan.
Las acaricio, son suaves y tibias.
Las huelo, son piel de bebé y grama.
Las escucho, ronronean bajito mientras duermen.
La boca ahora me sabe al desvelo de los primeros días y al madrugar para sanar sus ojitos.
Son amarillas y ahora yo también lo soy.

Antónimo: Libertad.
Esta parte de mi día se llama Libertad. Son ellas la única muestra real de libertad y rebeldía en mi espíritu.

Han sanado mis heridas más de lo que yo curé las suyas. Y si muriera hoy no me arrepentiría de nada, porque he sido feliz y libre.

No hay comentarios :

Publicar un comentario