Prisión
y Libertad.
Prisión,
encierro, cárcel; sinónimos. Libertad; antónimo.
Prisión
de barrotes, la suya. Cárcel de carne, la mía.
En
la invidencia voluntaria y temporal, debo explorar los otros sentidos. Huelo el
limón limonero de Gabriela, escucho a los grillos, efímero y ruidoso destello
de vida. La boca me sabe a menta, no debí usar tanta crema dental, queda poca y
sabrá Dios cuándo consiga más.
Comienzo
a palpar, tela suave, madera dura y aquí está, mi cuerpo. Recuerdo ahora esa
película que vi de niña; un chico dice que quiere salir de su cuerpo y su
terapeuta, todo bondad y comprensión, lo obliga a descarnarse con una navaja. Desde
entonces temo admitir en voz alta lo mismo, no quiero a ningún salvador desnudo
que me ofrezca una libertad tan literal.
Pero
hoy, me reconozco prisionera de este cuerpo.
De
los defectos, de la inseguridad que me produce, de todas las privaciones por el
miedo a no alcanzar las expectativas.
Ahora,
con este frío, siento que me falta carne, grasa… Mañana, con el calor, creeré
que me sobra. No hay nunca un punto medio.
Me
reconozco prisionera, también, del resentimiento. En un rincón más oscuro de mi
mente, la he encontrado.
“No
tiene solución”, “no existirá nunca una reconciliación”, “no vale la pena
intentarlo”. He observado, ahora que me privo de la vista y de todo el ruido
visual, que estas frases disfrazadas de resignación y falsa madurez han agusanado
mi corazón, mientras construyen muros de indiferencia que me aíslan de ella,
que es necia, prepotente y hasta cruel, pero que es mi familia, y está tan
perdida como yo.
Estoy
lejos del calor de la libertad entonces, porque no la perdono a ella, y a mí
tampoco.
Pero
mientras la prisión gélida de fracaso se prepara para darme hospedaje, un
sonido que puedo ver brillar intensamente en mi mente aparece.
Un
maullido, quieren entrar a dormir en mi regazo. Abro los párpados que pesan ya
por la hora, me dirijo a la puerta, fría, y al abrirla los cinco sentidos se
tornan cálidos.
Las
observo, sus ojos brillan.
Las
acaricio, son suaves y tibias.
Las
huelo, son piel de bebé y grama.
Las
escucho, ronronean bajito mientras duermen.
La
boca ahora me sabe al desvelo de los primeros días y al madrugar para sanar sus
ojitos.
Son
amarillas y ahora yo también lo soy.
Antónimo:
Libertad.
Esta
parte de mi día se llama Libertad. Son ellas la única muestra real de libertad
y rebeldía en mi espíritu.
Han
sanado mis heridas más de lo que yo curé las suyas. Y si muriera hoy no me
arrepentiría de nada, porque he sido feliz y libre.
No hay comentarios :
Publicar un comentario