Dos
minicuentos para la crisis.
I
En el Palacio de Miraflores, el Presidente de la
República ha adquirido una extraña costumbre que realiza con afán religioso
cada día.
Comienza tempranito, a las 6:00am, cuando el sol aún no
ha dado la cara (si a las 6:00am usted ya ve el día amarillo, recuerde el
reciente cambio de horario, así que adelante su reloj media hora y cuídelo
bien, porque el hampa, a diferencia de la administración pública, trabaja de
lunes a viernes, y hasta hace horas extras los fines de semana).
Ordena capturar y enjaular a cuanto pajarito chiquitico
pasa incauto y, acto seguido, procede a evaluar a cada una de las asustadas
aves. Les silba, les habla: -Comandante, ¿es usted?
Hace ya una semana que inició con esto, y entre los
testigos hay quien dice que la moringa de Diosdado lo enloqueció. Otros, los
más fieles al legado, piensan que está más cerca que nunca de conseguir al
fulano pajarito que nos va a sacar de esta crisis.
Sólo comentan con
discreción, entre ellos, que dada la naturaleza del comandante, debería
comenzar a buscarlo entre zamuros.
II
Éste era un bus que, como todos los buses, era alto y
espacioso, pero ante la impertinencia y ambición del chofer, se vio reducido a
mera lata de sardinas andante (de esas que ya no se encuentran, con más sardina
que aceite).
Como se imaginarán, adentro no había separación entre el
final de un cuerpo y el inicio del otro. Así que cuando comenzaron a quejarse
del nauseabundo olor (una mezcla de todo lo que puede oler mal en una persona),
nadie sabía realmente de dónde provenía.
El alto culpaba al bajo, el joven al anciano, la mujer al
hombre, el niño al adulto. Los insultos eran de lo más variados: cerdos,
chigüires, cachicamos, zorrillos, aseo urbano, chavistas, escuálidos… No quedó
un animal sin mentar.
Finalmente, un hombre de aspecto descuidado rompió en
llanto. “Soy yo, soy yo, desde hace cinco días me baño sólo con agua porque no
encuentro jabón”. Ni jabón, ni comida… Esta confesión parece haber tocado el
corazón de las personas; ese martirio, tan conocido por el venezolano de hoy, los
hizo seres empáticos que reaccionaron no con burlas sino con comprensión y
apoyo.
En La Viñeta, Nicolás Maduro se despertaba tembloroso de
una pesadilla. “Las personas aceptaban sus culpas y comprendían las ajenas,
estaban unidos. Cilia, era terrorífico”.
Cilia, enojada, lo sacaba de la cama. Pues, como es bien
sabido, si duermes como bebé es probable que también despiertes como uno: necesitando
un cambio de pañales.