Sus
primeros pasos.
Cuando
recibió la llamada aún corregía los exámenes de los chicos de 5to grado.
Inicialmente
dejó sonar el aparato. Una, tres, cinco llamadas perdidas. Esperaba que
realmente se tratara de algo importante, no es de cuerdos insistir tanto en
horas de clase.
Al
colocar el celular cerca de su oído, y contestar, no pudo distinguir de qué o
de quién se trataba.
Gemidos,
gritos… ¡Cuánto escándalo, por dios! –Cálmate, habla bien que no entiendo nada.
Era
Miranda, su cónyuge. Estaba riendo… No, era llanto, y de inmediato se tensaron
los músculos.
Casi
podía verla, tratando de hablar sin ahogarse con los fluidos y los espasmos del
pecho.
-¡La
niña, la niña! -¿cuál niña?
-¡Andrea,
Tomás! ¡Andreíta se nos va! ¡la mordió el animal del vecino!
Le
pesó la cabeza, el tórax, ¿estaba sufriendo un infarto? Había escuchado que se
siente como si un elefante se apoyara sobre tu pecho, y ahora mismo tenía a dos
de ellos balanceándose entre sus hombros.
Se
levantó, no podía dejar que la situación se apoderara de él, salió del salón,
sus rodillas temblaban al ritmo de los labios.
Su
cabeza iba a explotar… Al subir las escaleras de salida se topó con el
despótico director.
-¿A
dónde va? ¿no debería estar trabajando?
No
piensa responderle, no ahora. Siente los escalones elevarse a su paso, hasta
que uno de ellos logra tirarlo al piso. Los elefantes ahora son tres, y uno de
ellos es el déspota. Contiene las lágrimas, lo ignora y se levanta, su pequeña
lo espera en el CDI, Miranda ha dicho que el can la mordió en la cabeza, “pero
mi madre dice que la cabeza es muy escandalosa, que sangra de nada”. Él también
quiere creerlo…
Sube
apresurado al bus, se sienta y una mujer grita: -¿Acaso piensa dejar parada a
esa pobre vieja?
Mudo,
se levanta y cede su puesto. Es un niño perdido entre rostros duros. ¿La gente
ha sido siempre tan cruel? Nadie lo compadece, nadie se conmueve, sólo juzgan
su falta de atención.
El
tortuoso camino culmina con una visión que le aterra: Miranda está sentada en
el piso, en la esquina de la sala. Una mano cubre el rostro hinchado en llanto,
la otra intenta arrancar de cuajo todo su cabello.
La
escucha balbucear y se acerca, quiere saber cómo está Andreita…
Pero
ella responde alejándose mientras grita que no la toque.
Sospecha
lo peor, se acerca al primer uniformado que encuentra y pregunta por la pequeña
de 1 añito que fue atacada por un perro. El hombre lo hace tomar asiento y
comienza a hablar, despacio, pronunciando con cautela cada palabra.
Pero
Tomás ya no lo escucha, sólo ve el movimiento de labios, dientes y lengua, en
un discurso mudo que no parece terminar jamás.
La
herida fue mortal… Andreita ya no va a estar. No la llevará al preescolar por
primera vez, ni la enseñará a leer y a sumar, no la verá graduarse ni cumplir
sus sueños. Ya no podrá reírse de cada ocurrencia ni perderse en sus ojos
atentos y curiosos. Porque los primeros pasos que dio Andreita la llevaron al
cielo.
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