Camino
Verde.
El
cuaderno se está quedando sin hojas, se está haciendo bello…
Camino
por el parque sin rumbo definido, vulnerable, sujeta a la mirada inquisidora
que persigue los pasos.
Me
detengo por primera vez, la primera parada de esta búsqueda de lo que me
trasciende.
Veo
a un hombre rastrillar, limpiar de desperdicios la tierra. ¿Es un peón
cumpliendo con la tarea o un niño rascando a su madre?
Puedo
escuchar a los pájaros, me mata la inquietud. ¿Qué es lo que dicen? ¿Comentarán
que hay leche en San Diego? ¿O hablarán sobre la magia en su sonrisa?
Retomo
la marcha, puedo sentir la brisa desordenando cabello y calmando pensamientos.
Consigo
un nuevo altar para depositar esto que es mi cuerpo.
A
los pies de un gran árbol he visto a las aves, caminan graciosamente y se
despiden con alas de libertad. Son dichosas, pueden besar al cielo cada día.
Veo
pasar a mis compañeros. No saludan, no hablan. Ésta es una tarea que debemos
emprender como seres individuales.
Me
siento desolada pero está bien, porque también he pedido la soledad. Es hermoso
verlos así, de lejos, completos.
Me
levanto nuevamente, mis ojos encuentran una mirada cómplice. Y sonreímos,
porque sabemos que nos miran como a los locos. Y sonrío otra vez, porque no
importa.
La
risa de los niños me inunda, he caminado, instintivamente, hasta los columpios
y toboganes donde yo también reí.
Tomo
asiento, que no es asiento sino tierra. Hoy me siento chiquita para las bancas.
Y
aquí donde estoy, las hojitas intentan acariciarme. Temo el contacto pero lo
permito.
Es
como el jardín, soleado. Como las iguanas, verdes y suaves. Y como Gea, que es
iguanas, jardín, mi madre, y soy yo.
Entonces
soy barro otra vez, quiero correr, rodear a los árboles, dormir entre bichitos
y que me piquen. Pero al intentar mover estas masas, que son piernas, algo me
lo impide.
Es
el regaño de la maestra de preescolar: que no puedo actuar así, que si estoy
loca.
Es
el Dios de esa iglesia: que si me río estoy pecando, que si no lo hago lo
ofendo, que estoy mal desde nacimiento e iré al infierno.
Es
la mirada de vergüenza de las personas que no me conocen. Son las burlas e
insultos.
Es
esta maldita barrera de siempre, entre el pensamiento y la acción, que me
impide ser Gandhi.
Así
que me limito a observar lo que me rodea, y termino viendo a los niños jugar.
Corren,
ríen, saltan. Son felices así, siendo ellos. No les importa si mientras suben
están fuera de foco, o si ensucian la ropa. Y observo a la mujer que los cuida,
no hace una pose natural, no se descuida, todo lo calcula. Su espontaneidad ha
muerto. Cuánto daño hace crecer.
Escucho
nuevamente las voces de los pájaros, casi logro descifrar el mensaje…
Los
niños, luz de la humanidad. Los niños, esperanza del futuro. Los niños, motivo
de mejora. Siempre han sido los niños.
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