Maraña.
Roxana
se desnuda, entra a la ducha y deja que el agua recorra su cuerpo, limpiando
los excesos de la noche anterior… Aunque el asco y la repulsión se mantienen
presentes en su espíritu, y los recuerdos le producen arcadas cada vez que
llegan, en oleadas fugaces y difusas.
La
jaqueca, perenne acompañante de la resaca de cada final de semana, le taladra
la cabeza, casi puede escucharla.
Siente
los labios y garganta secos, la lengua áspera busca consuelo en el agua que
brota del cabezal de la ducha, pero no obtiene ninguna sensación de alivio.
De
pronto, un cosquilleo en su pie, y al bajar la vista choca con la desagradable
escena: una maraña de cabellos amenaza con colmar el desagüe.
Roxana
tuerce un poco la boca en una mueca de asco, y piensa: Esto es lo que le
faltaba a mi día.
Toma
nota mental sobre el asunto –recoger, sacar, arrojar- y continúa con el ritual
de limpieza.
Al
enjuagar el champú nota cómo grandes cantidades de cabello ceden ante el paso
del agua y las caricias, y observa apenada el escurrir de su melena entre los
dedos. –Más cuerpo para la maraña.- dice en voz baja.
Intenta
aclarar sus ideas, todo lo cometido en la fiesta traerá consecuencias. Al
salir, llamará a Raúl y hará un monumental esfuerzo por explicarle lo sucedido
con el chico de rojo… y con el de azul.
Sabe
que el final de la relación está cerca, pero no quiere despedirse de lo único
estable que ha conseguido en los últimos dos años.
Ahora
observa sus brazos; un hematoma, dos hematomas, tres… Pero la cuenta se ve
interrumpida por un nuevo cosquilleo, ubicado esta vez en el tobillo y en
ascendencia a la pantorrilla. Busca con
prisa al causante del sobresalto y observa con disgusto que, de manera
inverosímil, el grupo de cabellos de hace un rato se ha enredado en su tobillo.
Rápidamente
lo retira y lo lanza en ofrenda a la maraña del desagüe, que ahora dobla su
tamaño.
Aplica
el acondicionador, respira profundo y cierra los ojos, permitiendo el relajante
resbalar del agua sobre sus cejas, pestañas y mejillas… Algo está mal.
El cosquilleo de antes se ha adueñado de ambos
pies. El fluir del agua le impide abrir los ojos, así que se convence a sí
misma de que todo es producto de su malévola imaginación y del cansancio, y que
debe mantener la calma y la compostura.
Pero
los segundos a oscuras pasan terriblemente lentos, y el miedo comienza a
crecer, muy a la par con la sensación de que algo reptante, compuesto por
hebras y humedad se aferra a sus pantorrillas, y convulsiona en regocijo cuando
consigue rodearlas.
Apenas
han transcurrido siete segundos desde que Roxana cerró los ojos en la ducha del
baño de aquél apartamento olvidado por Dios, y en la oscuridad a la que se
enfrenta se siente desolada, abandonada por todos, vulnerable… Así que comienza
a tantear con una mano su piel, decidida a desmentir definitivamente el engaño
de las piernas.
Y
deja escapar un pequeño grito, y abre los párpados y chilla, porque el
acondicionador le escuece los ojos, y arde y duele… Y vuelve a gritar, porque
entre el dolor y el miedo ha logrado ver, con borrosos contornos, una criatura
amorfa enrollada fuertemente a sus piernas.
El
pánico ha disparado la alarma, la adrenalina inunda su torrente sanguíneo y los
sentidos se agudizan, listos para la huída… Tristemente, su cerebro
deshidratado, víctima aún de los estragos del alcohol, no ha coordinado
exitosamente el movimiento de los pies entre las baldosas mojadas y el
monstruoso enredo de cabellos. Así que, en lugar de liberarse de la sofocante
situación, termina resbalando torpemente.
En
el trayecto dibujado por la caída, entre la posición inicial, erguida, y el
piso del baño, ha tomado relevancia el grifo, que tiene tantos años de uso que
fácilmente podría realizar un corte profundo en la piel… Y lo hace.
Roxana
ahora se encuentra aturdida, un dolor punzante atraviesa su cráneo: inicia en
la región occipital, sube por los parietales, besa el frontal y resuena en
todos los lugares a la vez, como si su cabeza fuera una cueva y el dolor un eco
que no para de chocar contra las paredes.
Su
corazón palpita bruscamente, la nariz detecta el olor de la sangre. Con la mano
izquierda toca la nuca, la parte posterior de la cabeza… Y puede sentir el
líquido viscoso y la incisión de la que brota abundante.
La
visión aún es deficiente y borrosa, pero al poner la mano frente a los ojos
puede verla teñida de rojo brillante… Al fondo, en los azulejos, observa el
sendero que traza el color, empujado por el correr del agua que aún sale del
cabezal.
Sus
pupilas siguen el recorrido de la sangre hacia el desagüe. Cuando ésta
atraviesa la maraña de pelos, la chica alcanza a ver cómo se retuerce, como si
realmente lo disfrutara. Y palpita asquerosamente, esa criatura que no es más
que su cabello.
La
caída logró distraerla un momento, así que cuando orienta la vista a sus piernas
se horroriza; la masa deforme, negra y palpitante ha envuelto gran parte de sus
muslos.
Ella
patalea, intenta librarse de la prisión que la oprime, pero nada detiene el
confiado avanzar.
La
lucha persiste y Roxana va perdiendo fuerzas, la sensación de compresión y
dolor en sus piernas ha sido sustituida por una terrorífica gelidez, y la
incapacidad para moverlas.
La
maraña continúa ganando territorio en su cuerpo, y ahora se dirige a la
entrepierna. Ella observa, entre asustada y resignada, cómo la cubre.
Pero
reacciona al verse penetrada por la criatura, el dolor es insoportable, puede
sentirla entrando, rasgando y desgarrando todo su interior.
Con
ojos desorbitados de terror, y un temblor vehemente que estremece su cuerpo,
salta al ataque una vez más, mientras el llanto y los gritos se funden en la
más pura expresión de horror.
Las
manos furiosas tratan de arrancar la gruesa capa que oculta su piel, y una sección
de cabello comienza a ceder… Se separa de su vientre pero, con la violencia de
un animal salvaje que se ve en peligro, se ciñe fuertemente a las muñecas, y
éstas pierden su vigor.
La
zona que había quedado libre es recubierta por un nuevo grupo de cabellos, más
gruesos y resistentes, que buscan reemplazar el perdido.
El
dolor y el movimiento serpenteante en el útero torturándola, pero la voluntad y
la breve energía que invadió al cuerpo comienzan a abandonarle, junto a la
excesiva sangre que escapa entre sus piernas, producto de hemorragias internas
y externas.
Roxana,
quien entró a la ducha hace veinte minutos, se encuentra cubierta casi
totalmente por la maraña de pelos.
Sus
oídos y boca han sido invadidos ya, el poco oxígeno que aún llega a sus
pulmones se está agotando, la criatura ahora se cuela por las fosas nasales,
sofocando la respiración…
Y
allí, mientras agoniza, sólo se lamenta de no poder llorar. Por la impotencia,
por el dolor, porque quería ver a Raúl una vez más… Pero no puede, está
demasiado cansada, demasiado débil.
Horas
más tarde, el forense realiza el examen correspondiente al cadáver de Roxana.
Su
colega entra por la puerta del personal y, tratando en vano de ocultar la
gracia que le hace la situación, pregunta: -¿Ya sabes cómo murieron nuestras
dos chicas?
-Roxana
Valero ha muerto por el fallo consecutivo de órganos vitales, consecuencia de
un shock hemorrágico que no fue atendido… Y la cucaracha se ahogó con el agua
que seguía brotando del cabezal de la ducha.-Responde el hombre, para complacer
al curioso.
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