domingo, 3 de abril de 2016

Autora: Mariana Briceño.

De un bastón.

Armado de un bastón, seguridad y una gran sonrisa, sale a la calle a enfrentar esto que es la vida.
Le acompaña un saquito de pelos y amor que camina con tal desenfreno que arrastra al señor, a la pierna inútil y a todo el dolor. Los obliga a continuar con el diario ejercicio.
Hoy dará tres vueltas al parque, sólo una más que hace un mes, pero -como dijo la terapeuta- cada paso cuenta.

Apenas ha caminado dos vueltas y ya está exhausto y adolorido. Cada vez que apoya su peso sobre la pierna derecha puede sentir el estallido de dolor en la rodilla, y por un instante cree estar en la vía otra vez, con la pierna quebrada y el alma desgarrada, intentando sacar a su niña frágil de las fauces del automóvil.
Entonces abre los ojos y siente apretado el pecho, es hora de descansar.

El cuerpo le pesa, el pasado más. Quiere dejarse caer, llorar y gritar, maldecir al cielo… Pero al bajar la vista está ella, mirándolo intrigada, feliz, con ojos únicamente para él.
Así que respira profundamente, contiene el aire limpio en su pecho unos segundos, y lo deja escapar entre los labios.
Sonríe sinceramente mientras observa a su compañera, reanuda el paso y dice:

-Sólo falta una vuelta más.

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