De
un bastón.
Armado
de un bastón, seguridad y una gran sonrisa, sale a la calle a enfrentar esto
que es la vida.
Le
acompaña un saquito de pelos y amor que camina con tal desenfreno que arrastra
al señor, a la pierna inútil y a todo el dolor. Los obliga a continuar con el
diario ejercicio.
Hoy
dará tres vueltas al parque, sólo una más que hace un mes, pero -como dijo la
terapeuta- cada paso cuenta.
Apenas
ha caminado dos vueltas y ya está exhausto y adolorido. Cada vez que apoya su
peso sobre la pierna derecha puede sentir el estallido de dolor en la rodilla,
y por un instante cree estar en la vía otra vez, con la pierna quebrada y el
alma desgarrada, intentando sacar a su niña frágil de las fauces del automóvil.
Entonces
abre los ojos y siente apretado el pecho, es hora de descansar.
El
cuerpo le pesa, el pasado más. Quiere dejarse caer, llorar y gritar, maldecir
al cielo… Pero al bajar la vista está ella, mirándolo intrigada, feliz, con
ojos únicamente para él.
Así
que respira profundamente, contiene el aire limpio en su pecho unos segundos, y
lo deja escapar entre los labios.
Sonríe
sinceramente mientras observa a su compañera, reanuda el paso y dice:
-Sólo
falta una vuelta más.
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