Una mañana en el parque
Pasillos dibujados en el piso me reclaman pasos.
La brisa al caminar refresca mi rostro.
Descubro sensaciones múltiples, el lenguaje de las aves se comunica con
la música húmeda del agua.
Neblinas de tierra seca se levantan tras el paso del rastrillo.
Mientras camino por el parque me encuentro con unos hombres entrados en
años, en especial con uno de ellos y me dice que estoy perdida.
Sigo y veo a niños celebrando la vida sin importarles la rutina del
tiempo.
Un niño de unos dos años se sube por una escalera y otro niño más
grande, acude a rescatarlo para evitar que se caiga.
Percibo el aroma a tierra mojada, hay trabajadores en el parque, uno de
ellos se llama Ricardo y también me dice que estoy perdida o que me dejaron
plantada me detengo y le digo que solo contemplo el ambiente.
Veo los árboles y representan esculturas vivientes talladas por la luz
del sol, por el agua y el aire, andan vestidos con faldas blancas y cinturones
amarillos y el resto de su espalda y pecho quedan desnudos hasta sus ramas.
Los ecos de la bucólica ciudad aún se sienten como ligeros ruidos de máquinas
que van contra el tiempo.
Mis sentidos se despiertan recuerdo la infancia y cuando caminaba
descalza por la grama tras el paso de la lluvia.
Y me detengo. Vivo, estoy en este instante en la persistencia de estas líneas,
ecos infinitos que desafían la muerte.
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