Autora: Mariana Briceño.
Preámbulo a las Instrucciones para
maquillarte.
Cuando te regalan maquillaje, no sólo se trata
de un estuche de polvos coloridos…
Se trata más bien de
la máscara que te corresponde usar ante la sociedad.
Son los 10 o 30
minutos –todo depende de qué tan chic, tan Gucci, quieras ir- que dedicarás a
ocultar tu rostro cada mañana durante el resto de tu vida.
Es la fortuna que invertirás para reponerlo
en cuanto se acabe, buscando siempre el que más “natural” luce.
Cuando te regalan maquillaje te ofrecen –y con
amplia gama, los muy descarados- la inseguridad constante, el miedo, el pánico
ante la posibilidad de salir de casa con tu rostro, adornada de espontaneidad.
El pequeño estuche de polvos caros está
castrando lo realmente femenino que hay en ti: la naturaleza fiera, el erotismo
y sensualidad que exhalan tus ojeras de sueño breve, el tono disparejo en tu
tez no de muñeca de fría porcelana, sino de mujer: sangre, hueso y fuego
ardiendo bajo la misma piel.
Te están encerrando –mientras tú aplaudes y
arrojas billetes al aire- en el círculo vicioso de ocultar con maquillaje los
estragos que él mismo ha causado.
Cuando te regalan maquillaje, o cuando tú
misma lo haces, es el placer para los ojos de otros lo que se está negociando,
porque lo que a ti te corresponde es la esclavitud.
Porque no eres tú quien usa al maquillaje, es
el maquillaje quien se embellece con tu rostro, sin ti como huésped no es más
que un huérfano parásito.
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